La temporada 1974-1975 había sido fabulosa para el Albacete Balompié. El club, después de cinco temporadas arrastrando su prestigio en
Albacete recuperaba su pasión por el equipo de la tierra, y terminado el curso futbolístico, aún quedaba otro plato fuerte en Junio que degustar, esta Copa de España de Aficionados. El primer rival fue el Denia, se empató a dos en la localidad alicantina, goleando para no perder las buenas costumbres 8-1 en la vuelta. Después se superó también al C.D. Toledo en la semifinal, se volvió a empatar a dos en la ciudad Imperial, ganando por un exiguo 2-1 en la vuelta. Y en la final, otra edición del duelo fratricida ante

La ida, disputada en el campo de la Glorieta almanseño, dejó un desplazamiento en masa de la afición albacetense y una derrota por un gol a cero. El gol lo marcó el centrocampista almanseño Velasco, a los 78 minutos de juego. Tocaba remar río arriba, estaba claro que el equipo co-provinciano no iba a vender barata su derrota.

Y ya metidos en la tarde-noche, el expectante e ilusionado estadio albaceteño veía salir primero al Almansa, que formó con este once: Serradell, Fede, Pedro, Sarrión, Soto, Alexandro, Panadés, Velasco, Badiola, Benito y García Muñoz. Vázquez saldría luego por Alexandro. Pitos de gala y obscenidades varias para el equipo azul que recibía no obstante el calor de su gente. Inmediatamente después efectuaba su salida el casi invencible conjunto local, entrenado por el paraguayo Juan Ángel Romero que formaba con un once que mucha gente aún recita de carrerilla: Sánchez Roldán, Leo, Neme, Sánchez Fernández, Melgarejo, Huertas, Mayoral, Bejarano, Avilés y Juanito. Martínez Rubio salió por Leo y Hernández por Antonio Avilés.

Uno de los onces de aquella temporada
El colegiado castellano señor Camacho daba comienzo al encuentro, a una cainita batalla entre dos modestos. Una contienda iniciada bajo los patrones esperados, defensa muy cerrada del Almansa, en la que iban muriendo sistemáticamente los intentos de marcar gol del equipo local. Pasaban los minutos y el Albacete no lograba perforar la meta visitante, y los nervios empezaban a aflorar entre la parroquia. Menos mal que ya andaba el inefable Parrita con su bombo a cuestas por todo el campo incitando a cantar el entonces novedoso "Alba!!! Alba!!!"
Pero al final el grande siempre es el grande, con su pegada incluída, y aunque los epítetos "grande y Alba" a muchos nos suenen extraños, lo cierto es que el poderoso era el Alba. Corría el minuto 34 del primer tiempo, cuando Huertas sirvió una falta medida al milímetro, para que Melgarejo solo tuviera que hacer dos cosas, meter la cabeza y recoger rápido el balón de las mallas, pues quedaba la otra mitad del trabajo por hacer. Y se hizo de inmediato, solo tres minutos después centraba Leo y el gran goleador paraguayo Bejarano marcaba otro gol más de los incontables que consiguió con la camiseta blanca. Y se llegaba al descanso con la tranquilidad de la eliminatoria casi superada.
Tras el intermedio, todo igual, a los 62 minutos un disparo de Mayoral lo despejaba el portero como podía y Bejarano volvía a su hábitat natural, al gol. Ante la euforia absoluta del público, se cuela Martínez Rubio (sustituto del sempiterno Leo) por la derecha, gana línea de fondo, centra, el portero vuelve a quitarse el balón de enmedio y éste vuelve a caer en los pies equivocados, marcando Huertas.
Y para que el recuerdo de la "capitaleja" a los convecinos fuera completo, llegó el quinto gol. No lo puedo marcar Neme, que cayó derribado en el intento, pero quién si no, Bejarano, completaría la "manita" y el tercer gol en su cuenta. En el superprofesionalizado deporte de hoy, se hubiera llevado el balón firmado por sus compañeros por su hazaña, podemos apostar a que ese día ni se le pasó por la cabeza hacerlo, que un balón aún era un artículo de lujo.

La plantilla celebrando el triunfo con una capea
Acabó el partido con 5-0, y entrega del trofeo por parte de uno de los hombres del Régimen en Albacete, Federico Gallo (Gobernador Civil) y el presidente de la Federación Española de Fútbol, Rafael Cervantes, y la alegría de todos. La inmensa colonia de hinchas del Alba y madridistas al mismo tiempo tuvieron su fin de semana de ensueño. Y los niños jugaron al día siguiente a correr la banda como Juanito (el rácano, el nuestro), a correr moviendo los brazos igual que Pirri, a pelarse las rodillas parando penaltis como el atlético Reina y a cazar goles como Bejarano. Algo era diferente en Albacete, no todos los días ganaban un título.
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